La Palma, Toronto

Sabe a primavera, a flores de colores y una caricia de abeja despistada por detrás de la oreja, donde el cabello se atora.

Atún blanco crudo con crema de rábano picante, caqui y alepo. / Albacore tuna crudo with horseradish cream, persimmon & aleppo. 📷 Anaid Osuna Peimbert

Parece otra estación cuando entras a La Palma, y debe ser la luz que inunda el espacio, desde sus paredes simulando la textura de un mármol blanco con grietas rosadas, hasta los elegantes acentos en negro y verde esmeralda sincronizados con la suavidad de su mobiliario rosado y verde. Pero también deber ser la forma en que se sirven sus platillos: como si fueran pequeños jardines tropicales sembrados frente a ti para aplastar a cucharadas.

En La Palma se respira una sensibilidad californiana ideada por Alexandra Hutchison y Craig Harding, quienes en una avenida emocionante como Dundas, en Toronto, crearon un espacio que grita “solo gente creativa, por favor”. O celebridades de Hollywood: Amy Adams y Elle Fanning estuvieron aquí hace poco durante el TIFF, muy probablemente tomando té floral y viéndose glamorosas, haciendo juego con la energía floral y primaveral que aquí se respira.

Recomendación: Ser local sin realmente serlo es pedir una copa de Rosalie, un 100% pinot noir espumoso –de Kew Vineyards- cosechado en la península de Niágara, Ontario. Brillante y ácido al paladar con un final cremoso y dulce, fue nombrado así en honor a la madre del propietario del viñedo; un abrazo materno de frambuesa, ruibarbo y grosella roja.

Con mi copa de vino rosado en mano, recuerdo darle unas vueltitas antes de cada trago, y veo por la ventana que la nieve empezó a caer a pesar de los rayos del sol que se están colando en todo su esplendor.

Mousse de chocolate con trozos de merengue de estragón y caramelo. / Chocolate mousse with pieces of tarragon and caramel meringue. 📷 Anaid Osuna Peimbert

La nostalgia puede caber en un sentimiento de soledad, pero también está en el confort que da el chocolate cuando uno viaja en solitario. Así llega un mousse de chocolate con trocitos de merengue de estragón y caramelo que dice el mesero “pairs great with iced wine”. Y yo le sonrío por amabilidad, porque al final decidí ignorar su recomendación y elegí un vino rosado para entrar en calor mientras me olvido que es invierno allá afuera -aunque mi alma se sienta en plena primavera.

Esta vez, me limité a visitar la planta baja de La Palma, donde al irme veo reflejados transeúntes y rostros sutiles que se difuminan desde adentro del restaurante a través de la ventana. Camino un par de pasos y ya estoy en Trinity – Bellwoods, un barrio hipster en el corazón de Toronto. A la distancia, esa fachada de color crema de La Palma presume un segundo piso que no he alcanzado a conocer en esta visita: Casa La Palma, donde –dicen- los cocteles vuelven a más de un purista un genuino amante de las mezclas. Me hago a mí misma la promesa de regresar para ser evangelizada, cuando la primavera no sea solo cosa de mi imaginación.

849 Dundas St. West Toronto, ON; lapalma.ca

¤

EN

Tastes like spring, like colorful flowers and a clueless bee’s gentle touch behind the ears, where the hair gets stuck.

It seems like another station when you enter to La Palma, and it must be the light that floods the space, its white walls simulating the texture of white marble with pink cracks and fancy black and emerald accent, that create perfect synchrony with the softness of its pink and green furniture. But it should also be the way their dishes are served: as if they were small tropical gardens planted in front of you to smash with a tablespoon.

At La Palma, you can breathe a Californian sensibility devised by Alexandra Hutchison and Craig Harding, whom on an exciting avenue like Dundas, in Toronto, created a space that shouts “only creative people, please”. Or Hollywood celebrities: Amy Adams and Elle Fanning were here recently during TIFF, most likely drinking floral tea and looking glamorous, matching the floral and spring energy that is breathed here.

Recommendation: To be local- without really being so- is to order a glass of Rosalie, a 100% sparkling pinot noir from Kew Vineyards, harvested on the Niagara Peninsula, Ontario. Bright and sour on the palate with a creamy and sweet finish, it was named in honor of the mother of the owner of the vineyard; a maternal hug of raspberry, rhubarb, and red currant.

With my rosé in hand, I remember to give it a little stir before every sip and I see through the window that the snow began to fall despite the sun’s rays that are straining in all its splendor.

Nostalgia can fit into a feeling of loneliness, but it is also in the comfort that chocolate gives when you travel alone. A chocolate mousse arrives with pieces of tarragon and caramel meringue that the waiter says “pairs great with iced wine”. And I smile back at him as an act of kindness, because in the end, I decided to ignore his recommendation and chose a red wine to warm up while I forget it is winter out there – although my soul is sitting in the middle of spring.

This time, I just visit the ground floor of La Palma, where when I leave I see passersby and subtle faces that blur from inside the restaurant through the window. I walk a couple of steps and I’m already in Trinity – Bellwoods, a hipster neighborhood in the heart of Toronto. In the distance, that cream-colored facade of La Palma presumes a second floor that I have not been able to know on this visit: Casa La Palma, where – they say – cocktails make more than one purist a genuine lover of mixtures. I promise myself to return to be evangelized when spring is not just my imagination.

¤