Izamal, amarillo y empedrado

El milagro del olor a mil flores, y la lluvia que no cae.

El atrio del convento tiene 75 arcos y una explanada de más de 7 mil metros cuadrados, lo que lo convierte en el segundo más grande del mundo, sólo por detrás de la Plaza de San Pedro.  📷 David Flores

Llegué por la madrugada a Izamal, cuando los encantos de la luna son distintos a los del sol, y el clima permite caminar por las calles sin miedo a quedar derretido víctima del calor yucateco. Apenas dejé la maleta en la cama y salí de la habitación para explorar un poco sus calles angostas, empedradas y amarillas. La oscuridad de la noche no me deja ver el popular brillo amarillento de este pueblo mágico, pero siento cómo la calidez me llena de a poquito. Acá, parece irreal lo placentero de una simple caminata nocturna antes de dormir.

Temprano, por la ventana de mi hotel se asoma el Convento San Antonio de Padua. “Mucha gente le dice ex convento, pero aún hay monjes franciscanos viviendo ahí”, me dice un muchacho local. El imponente convento amarillo fue edificado allá por 1561 sobre lo que fuera la pirámide más importante de la cultura maya. Y la más grande, con sus más de cien escalones que ya imagino, allá en su esplendor, derritiendo de cansancio a más de un ingenuo.

Subo por la escalera central hasta el Convento, con toda la intención de perderme en él. Luego de atravesar su gigantesco patio central, me cuelo por una puerta del costado para dar con altos muros blancos y recovecos antiquísimos dispuestos a contar una historia a quien en el silencio sea capaz de escucharla. Silencio. Más pasillos empedrados y una escalera que lleva a un salón lleno de motivos y figuras religiosas; hay que hincarse o al menos persignarse. Yo lo hago de una forma tan oxidada, que San Pedro descubriría mi ateísmo en un parpadeo.

… pasillos empedrados y una escalera que lleva a un salón lleno de motivos y figuras religiosas; hay que hincarse o al menos persignarse.

Recorrer el Convento es encontrarse con caminos cerrados, tropezar con cuerdas y leer letreros que prohíben el paso hacia –dicen- las zonas donde habitan los monjes; figuras casi míticas durante mi visita. Recorrer el Convento también es encontrar pinturas en las paredes que permanecen desde hace tantos siglos y que hacen sentir a uno que está un sueño de poca nitidez, con todo y bordes desgastados.

En los muros del Convento, el paso del tiempo ha dejado visible una imagen de la Virgen Itzalana, Reina de Yucatán, y figura inmaculada que -dicen- en cada peregrinación las calles de Izamal deja un aroma floral en el aire para deleite de los primeros en despertar. Sus milagros son tantos, que ganas no me faltan de quedarme a vivir en Izamal para atestiguarlos de uno a uno. Sin embargo, aquel en el que se le atribuye el detener la lluvia con un canto de sus feligreses, es uno que me dan ganas de ver cumplir en ese instante, cuando una tormenta en pleno verano amenaza con empapar mi paseo.

Son nubes de color casi negro las que me despiden de Izamal. No tengo remedio, más que irme sin ver el milagro de una deidad hacer desaparecer la inminente lluvia, aquella que acalora más las cosas; una auténtica tormenta del sureste caliente.

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