CN Tower: the view

La vista desde la CN Tower. 📷 Anaid Osuna Peimbert

“Empecemos desde arriba”, dicen los músicos. Y así lo hice.

En mi primera visita a Toronto, la CN Tower se convirtió en la visita de rigor. No fue por su título de “la torre más alta en todo el hemisferio occidental”, o porque en un día claro de verano puedas alcanzar a ver desde su plataforma de observación las Cataratas del Niágara y el lago que conecta este lado de Ontario con el norte del estado de Nueva York, en Estados Unidos, sino porque ver cualquier ciudad desde las alturas te permite apreciar su magnitud, distribución y, con una mayor intención y enfoque, hasta su esencia –que con detenimiento, se vuelve aquello que conforma las nubes de cualquier gran ciudad.

Ésta fue una tarde más bien helada. Mientras recorro verticalmente 147 pisos hasta el mirador de la CN Tower, suena Sunset, Bird Of Prey de Fatboy Slim en mi iPhone y pienso un breve instante en las aves que vuelan por encima de los más de 500 metros de altura de la torre. Sentir ese frío directamente en las alas al tiempo que las agitan para mantenerse a flote.

Ya en el interior, las manos no duelen al tomar las fotografías con la cámara, pero de solo imaginarme a la intemperie detrás de esas ventanas de piso a techo, da un escalofrío instantáneo que se siente hasta en los nudillos, quienes se sonrojan al pensarse expuestos a los -28°C que azotan el exterior.

Me dan ganas de respirarla con su cielo recién blanqueado por la tormenta de nieve que cayó más temprano; de mirar Toronto hasta que se congelen las córneas y vivir para siempre con la inmaculada imagen de una ciudad que recibe más de 40 millones de visitantes al año. Todos, atraídos por la misma sensación: la contrastante calidez de los habitantes de esta helada y hostil geografía.

… mirar Toronto hasta que se congelen las córneas y vivir para siempre con la inmaculada imagen de una ciudad que recibe más de 40 millones de visitantes al año.

Los niños juegan y saltan sobre las plataformas de cristal capaces de resistir el peso de hasta diez elefantes –como lo indica la gráfica que cuelga en la pared. Mientras miro por debajo de mis pies, a través de la ventana que revela la larguísima base de la torre, empiezo a entender que Toronto tiene todo bajo control. Siempre. Y que yo puedo empezar a relajar cada uno de mis músculos al mismo tiempo que me hago a la idea de que solo tengo un par de días para conocer la densa capital de la provincia de Ontario.

Y ahora, solo tenía que descender –salir por la tienda de regalos, claro está- y darle play a la última canción de mi playlist, Going Down de Freddie King.

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EN

“From the top”, musicians say.

And so I did.

On my first visit to Toronto, the CN Tower became a rigorous visit. Not because of its title of “highest tower in the western hemisphere”, or because on a summer cloudless day you can get to see from its observation deck, the Niagara Falls and the lake that connects this side of Ontario with the north of New York state, in the US, but because seeing any city from the top allows you to appreciate its magnitude, distribution and, with a bigger intention and focus, even its essence –looking carefully, it also becomes what makes up the clouds of any great city.

This was a rather cold afternoon. While I go vertically over 147 floors until the lookout level on the CN Tower, Fat Boy Slim’s Sunset, Bird of Prey starts playing on my iPhone and I think for an instant about the birds that fly over the tower more than 500 meters high. To feel that cold directly on the wings while stirring to stay afloat.

Already inside, hands don’t hurt when taking the pictures with the camera, but just by imagining myself out in the open behind those from floor to ceiling windows, I feel an instant chill that gets to my knuckles, whose get blushed imagining themselves exposed to the -19°F hitting outside.

It makes me want to breathe her with its freshly bleached sky from the snowstorm from earlier; it makes me want to get Toronto into both my eyes until my corneas freeze and live forever with the immaculate image of a city that welcomes more than 40 million visitors a year. All of them, attracted by the same feeling: the contrasting warmth of the people that live here, on frozen and hostile geography.

It makes me want to get Toronto into both my eyes until my corneas freeze and live forever with the immaculate image of a city that welcomes more than 40 million visitors a year.

Kids play and jump around the crystal platforms, capable to resist the weight up to ten elephants –as the graphic hanging on the wall explains. While I look under my feet, through the window floor that reveals the super long base of the tower, I begin to understand that Toronto has everything under control. Always. Also, that I can start to relax each one of my muscles meanwhile I realize I just have a couple of days to know this dense capital of the province of Ontario.

Now, I just have to go down –exit through the gift shop, of course- and hit “play” on the last song of my playlist: Going Down by Freddie King.

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