Cluny Bistro & Boulangerie

En el corazón del Distillery District de Toronto, un refugio de abundancia.

Papas al horno con avellanas y tocino. 📷 Anaid Osuna Peimbert

Recorrer el distrito cervecero de Toronto, una de las ciudades que más se respetan por su cultura cervecera, implica terminar bastante borracho, definitivamente. Luego, uno llega a un restaurante donde ordenarás comida de manera incompetente. Porque estás alcoholizado y no te importarán las pequeñas letras en el menú sobre la cantidad de personas requeridas para cada platillo. Pero no importa, porque si todo esto pasa en el Distillery District de Toronto, probablemente comerás delicioso.

Escondido así, entre cervecerías, está Cluny Bistro & Boulangerie. Afrancesado, con sus sillas elegantes, lámparas bajas de luz sutil y mesas redondas para multitudes que parecen rendir homenaje a lo que sea servido frente a ellos, a manera de ritual.

Nosotros ordenamos sin pensarlo muy bien. Honestamente. Y estábamos borrachos de tanta cerveza, por lo que una copa de vino francés nos pareció buena idea. “Una botella de Merlot-Cabernet, Château Haute Vallee, Bordeaux”, dije al mesero con el francés más torpe que tuve a la mano. Gastamos más de lo que debimos y no nos arrepentimos. Después de hoy, ¿cuántas veces nos volveríamos a perder en un barrio tan excitante como éste? “Pide la opción más grande”, escuché al fondo a mi novio decir.

Recomendación: durante el sábado al mediodía, cuando todo lo que se necesita para amar la vida es una “mimosa sin fondo” en Cluny, el entorno se vuelve vibrante y familiar. Pide un tártar de salmón de la región, con salsa de umami, huevo y algas nori.

Ordenamos torpemente una Seafood Tower de ciento veinte dólares, ideal para hasta seis personas, descrita por el mesero como un ‘sueño salido del mar’. Olvidamos tomar la foto de aquello porque el apetito nos bloqueó la mente y la habilidad de instagramear lo que estaba frente a nuestras narices. Nos disculparemos con nuestros padres y amigos cuando regresemos del viaje, qué más da.

También pedimos entradas mientras discutíamos por qué hay tan buena cerveza en Toronto, donde todo vecindario que se respeta tiene una cervecería. En ese momento llegó el clásico poutine a manera de entremés con una consistencia más espesa y condimentada de lo normal –más como un néctar salado donde cualquier papa a la francesa desearía ser sumergida antes de ser devorada.

Espárragos con parmesano y más papas para el apetito inmediato. Éstas últimas, en más de una variedad: horneadas con avellanas y otras más con tocino. Creo. Cuando llegó la torre de mariscos, nos arrepentimos del atracón pero cual batalla sobre manteles blancos y copas a medias, nos defendimos con los dientes y no pedimos nada, absolutamente nada para llevar. Incluso, como valientes, nos permitimos la distracción del pan caliente sobre la mesa y una embarrada de mantequilla especiada.

Si no hubiera estado tan llena en ese momento, hubiera comprado una docena completa de hogazas para comerla en la habitación del hotel, y acompañarlas con una copa de vino francés. Estoy en Canadá, pero qué más da. 35 Tank House Lane, Toronto, ON; clunybistro.com

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EN

Have you ever walked by feet a whole distillery district? Do you know what happens after that?

After drinking too many craft beer, you’ll get to a restaurant where you’ll probably order food in a very incompetent way. Because you are under the influence of alcohol and you won’t even see the words on the menu that specifies how many people should be eating that plate. But it doesn’t matter, cause if all of this happens in Toronto’s Distillery District, you’ll probably eat amazingly.

Hidden, amongst breweries, is Cluny Bistro & Boulangerie. French-ish, with its elegant chairs, dim light lamps and round tables to serve crowds, that seem to be paying tribute to whatever is served in front of them, as a ritual.

We ordered without giving it too much of a thought. Honestly. And we were beer-hammered, so, a glass of French wine seemed like a good idea. “A bottle of Merlot-Cabernet, Château Haute Vallee, Bordeaux”; I said to the waiter with the clumsiest French I had in hand. We spent more than we should and we don’t even regret. After today, when are we going to get lost again in such an exciting ‘hood’ like this? “Order the bigger plate”, I hear my boyfriend say.

Recommendation: In the light of day – ideally on Saturday at noon, when all you need to love life is a “bottomless mimosa” in Cluny – the environment becomes vibrant and familiar; and you have to order a salmon tartare – from the region – with umami sauce, egg and nori seaweed.

We clumsily asked for the one hundred and twenty dollars Seafood Tower, perfect to share between six people, and described by the waiter as a ‘dream came out of the sea’. We forgot to take a photo of that because of the appetite blocking our minds and our ability to Instagram whatever in front of our noses. We’ll apologize to our parents and friends when we get back home, whatever.

If that wasn’t enough, we also ordered some entrees while arguing why they make such a good beer in Toronto, where every neighborhood that considers itself a good one, has a decent brewery. At that moment the classic poutine arrived as an appetizer with a consistency thicker and spicier than normal –more like salty nectar where any French fry would wish to be submerged before being devoured.

Asparagus with parmesan cheese and more fries for immediate hunger. These last, in more than one variety: with hazelnuts and some other with bacon. I think. When the seafood tower arrived, we deeply regretted our gluttony but, as a battle above white tablecloths and half-served glasses, we defend ourselves with teeth, and surprisingly didn’t ordered anything, absolutely anything to take away. Even, as brave humans, we allowed ourselves the distraction of the warm bread on the table and a spiced butter spread.

If I hadn’t been so full at that moment, I would have bought a dozen of the bread loaf to eat on the hotel room, and pairing it with a glass of French wine. I’m in Canada, but what gives.

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